Alergia, intolerancia o sensibilidad: no son lo mismo
Decimos 'me hace mal' para tres cosas que no tienen nada que ver entre sí. Y la diferencia no es un detalle de manual: cambia qué tan grave es, cómo se diagnostica y qué hacés al respecto.

"A mí la leche me hace mal." Ok, ¿pero cómo te hace mal? Porque dentro de esa frase tan común puede haber tres cosas completamente distintas, con mecanismos distintos, gravedad distinta y solución distinta. Confundirlas es más que un error de vocabulario: puede ser peligroso en una punta y exagerado en la otra.
Vamos a ordenarlas.
Alergia: el sistema inmune en alerta máxima
Una alergia alimentaria es una reacción del sistema inmune: tu cuerpo identifica una proteína inofensiva (la del maní, el huevo, el marisco) como una amenaza y dispara anticuerpos IgE. El resultado puede ser rápido —minutos— y, en los casos serios, grave: urticaria, hinchazón de labios y garganta, dificultad para respirar, y en el extremo, anafilaxia, una emergencia médica.
Características clave:
- Inmunológica (IgE).
- Puede desencadenarse con cantidades mínimas.
- Los sospechosos habituales: maní, frutos secos, mariscos, pescado, huevo, leche, soja, trigo.
- Quien tiene alergia grave suele andar con adrenalina autoinyectable encima.
Acá no hay margen para "probar un poquito". Es la categoría que más respeto exige.
Intolerancia: un problema de digestión, no de inmunidad
Una intolerancia no involucra al sistema inmune: es un problema digestivo o enzimático. El ejemplo estrella es la intolerancia a la lactosa: a la persona le falta (total o parcialmente) la enzima lactasa, que parte el azúcar de la leche. Sin esa enzima, la lactosa llega al colon, fermenta y genera gases, hinchazón y diarrea.
Diferencias importantes con la alergia:
- No es peligrosa para la vida (incómoda, sí; mortal, no).
- Es dosis-dependiente: un chorrito de leche en el café puede tolerarse, un vaso entero no.
- Muchas veces se maneja con enzima en cápsula o eligiendo lácteos sin lactosa o fermentados (el yogur y los quesos duros tienen menos).
Mismo síntoma de panza, mecanismo totalmente distinto al de la alergia.
Sensibilidad: la zona gris (real, pero difusa)
Después está la sensibilidad alimentaria: síntomas reales —hinchazón, niebla mental, malestar— sin un mecanismo inmune ni enzimático claro que los explique. Existe, no es "estar loco", pero es el territorio menos definido y donde más se vende humo.
El campo minado de los tests
Acá hay que ser claro porque hay mucho negocio:
- Para alergia (IgE): el prick test (en la piel) y la IgE específica en sangre son válidos, hechos por un alergista.
- Para intolerancia a la lactosa: el test de aliento de hidrógeno o la dieta de eliminación controlada.
- Cuidado con los tests de "IgG / sensibilidad alimentaria" que prometen decirte 200 alimentos que "te inflaman": las sociedades de alergia e inmunología no los recomiendan, porque la IgG suele indicar exposición, no intolerancia. Terminás eliminando media dieta sin necesidad.
La herramienta más honesta para sensibilidades sigue siendo, las más de las veces, una dieta de eliminación y reintroducción guiada por un profesional.
Por qué importa la diferencia
Porque el manejo es opuesto:
- Una alergia grave se maneja con evitación estricta y un plan de emergencia. No se "entrena la tolerancia" por las tuyas.
- Una intolerancia se maneja con dosis, enzimas y alternativas. No hace falta vivir con miedo.
- Una sensibilidad se maneja identificando el gatillo real, sin restringir de más.
Meter las tres en la misma frase ("me hace mal") lleva a dos errores típicos: subestimar una alergia que puede ser seria, o sobreactuar una intolerancia que se resolvía con un yogur sin lactosa.
La próxima vez que alguien (o vos) diga "me hace mal", hacete la pregunta que vale: ¿es el inmune, es una enzima, o es una zona gris? La respuesta cambia todo.